Vertere (Número 6 – Año 2004)

ISBN: 84-95099-71-3 – Nº 6/2004
EDITA: Excma. Diputación Provincial de Soria

INGRID CÁCERES WÜRSIG

Historia de la traducción en la administración y en las relaciones internacionales en España
(s. XVI-XIX).

La dimensión histórica de la traducción e interpretación desde una perspectiva funcional es un aspecto que ha sido poco explorado hasta el momento. En este estudio se presenta un posible modelo de la actividad de mediación lingüística en los ámbitos de la Administración y las relaciones internacionales en España desde comienzos del siglo XVI hasta mediados del XIX. Así, la traducción funcional es abordada no sólo desde un punto de vista diacrónico, sino también socio-cultural a través de un organismo conocido como la Secretaría de Interpretación de Lenguas, creado como órgano auxiliar de la Administración en materia de correspondencia internacional, así como fedatario público de la traducción en el ámbito judicial.

El estudio comienza con una introducción al contexto histórico en que nace el organismo mencionado, destacando la organización administrativa de la Corona española, las lenguas empleadas en la correspondencia y su relación con los estamentos que ejercen la autoridad política en ese momento: Corona, Administración y diplomacia. A continuación se analiza el modelo de la Secretaría detallando aspectos como los secretarios y oficiales que trabajan en ella, los conocimientos lingüísticos y la procedencia social de estas personas, el tipo de documentos que se traducían, los órganos administrativos con los que colaboraba la Secretaría y la renumeración de los servicios lingüísticos, entre otras cuestiones. Junto a la Secretaría de Interpretación de Lenguas surgen otros traductores que trabajaban directamente para distintos organismos del Estado, cuya historia también es estudiada. Por último, se aborda la cuestión de los jóvenes de lengua en España, figura que aparece en las postrimerías del siglo XVIII y que desemboca en la carrera diplomática.

 


INGRID CÁCERES WÜRSIG es profesora adjunta del Departamento de Traducción e Interpretación en la Universidad Europea de Madrid desde 1996. Su actividad docente se centra en la enseñanza de lengua alemana y la traducción, tanto general como especializada, de este idioma. Su interés investigador se centra en la historia y la didáctica de la traducción e interpretación.



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PRÓLOGO
 
 
Presentación: la historia como imperativo moral

El trabajo que tengo el honor de presentar nació, como frecuentemente sucede en el campo de la investigación, de dos factores coincidentes: el currículum personal de la autora como alevín de intérprete en Bruselas y el programa de doctorado en traducción que el Instituto Universitario de Lenguas Modernas y Traductores de la Universidad Complutense, bajo la dirección de un servidor, estableció, como primer centro español en la formación de estos menesteres, a principios de los noventa. De aquel programa de doctorado, que, posteriormente y por razones inconfesadas, algunos directivos de la universidad madrileña impidieron, ha salido o está saliendo una docena de tesis que suponen una notable contribución al acervo investigativo de la universidad española sobre un tema todavía virgen. Casi todas ellas de altísima calidad. Estos trabajos han sido la puerta por la que han podido ingresar a la docencia universitaria jóvenes académicos que vieron en los estudios de la traducción una alternativa a una filología concebida en términos más que anquilosados y caducos. Era una filología que creía que el estudio de las laringales o del morfema “portmanteau” era clave para el futuro profesional de jóvenes a los que se destinaba únicamente a la enseñanza y que, sin embargo, tenían que enfrentarse a una amplia gama de retos prácticos, a un “saber hacer” en el que la destreza filológica era una entre tantas. Bien es verdad que entre esa concepción maximalista de la filología y la de ciertos ministros o candidatos (de entonces y de ahora: “más fútbol/gimnasia y menos latín/religión”) siempre hay un justo término medio.

Hace todavía pocos años, ni siquiera una docena de ellos, en España no existía la formación de traductores con rango plenamente universitario. Las “eutis” y el Instituto Universitario de la Complutense cubrían de manera vergonzante, que no vergonzosa, la necesidad de traductores profesionales que crecía exponencialmente en las instancias internacionales. La formación plenamente reglada no vino hasta un lustro después de nuestro ingreso en la Unión Europea: ¡clarividentes autoridades académicas! Pero, como frecuentemente sucede, lo real sobrepasó lo oficial. Gracias a iniciativas personales (el programa de doctorado que mencionamos fue una de ellas) y casi bajo cuerda, la universidad mantenía una vida que permitía un aggiormamento, una adaptación a las nuevas necesidades de los tiempos, mientras las autoridades académicas, empeñadas en banderías más políticas que universitarias, reposaban en el Olimpo de la ceremonia y de los intereses creados. De una de esas iniciativas al margen de la oficilidad académica salió de la Complutense una serie de jóvenes académicos que hoy en día ganan experiencia en carreras para las que se les preparó à rebours y que profesan en universidades públicas o privadas de nuestro país.

En todo caso cierto es que el trabajo que introducimos, que honra a la universidad española, nació como tesis doctoral en una institución que, en ocasiones, no es muy pródiga con quien se dedica, fuera de la bandería, en cuerpo y alma a ella.

Cuando concertamos con la autora el tema de su trabajo doctoral, nos pareció que si de algo no iba a pecar era de falta de originalidad, ya que el objeto de la investigación que se proponía apenas había sido hollado. En general cabe afirmar que si la historia de la traducción es la asignatura pendiente (perdóneseme la alusión a una cinta tan cursi de nuestra filmografía nacional) de nuestra investigación en el campo de las ciencias sociales, la historia de la interpretación duerme todavía el sueño de los justos, esperando a que investigadores con ganas de renovación nos conciencien de que detrás de todo suceso histórico en un mundo radicalmente multilingüe hay un multiforme hecho de comunicación oral y escrita. Poco a poco se va escribiendo la historia de la actividad versora e interpretativa. Huet con su de claris interpretibus y Menéndez Pelayo con su Biblioteca de Traductores españoles pusieron las piedras fundacionales de una nueva disciplina que todavía tiene mucho camino por delante. La etapa más urgente que tiene que cubrir es la de llamar a la conciencia de una sociedad que niega el recuerdo de la posteridad a los que han servido a la palabra, a la comunicación, al diálogo entre las personas, los pueblos y las lenguas. Alguna vez los historiadores deberán darse cuenta de que detrás de los encuentros y desencuentros de Darío y Alejandro, de Pizarro y Atahualpa en Cajamarca o de Hitler y Petain en Montoire hay una serie de mediadores lingüísticos que ponen su pequeña contribución al curso de la historia. Casi todos los grandes hechos antropológicos presuponen un acto fallido o logrado de comunicaión interlingüística. La obra colectiva de Delisle Les traducteurs dans l’histoire marca un hito en esa perdepción más enfocada de la historiografía general que debería utilizar la historia de la comunicación como ciencia auxiliar no sólo al lado sino por encima de la numismática o la paleografía.

En España, esa “historia comunicativa” de la historia va cubriendo etapas muy lentamente. La tarea de historiar la traducción se ve todavía con cierta displicencia, tanto por parte de filólogos como de historiadores. Los puristas de la filología no consideran digna labor propia la crónica de la versión y la gran historiografía, empeñada en debatir los muertos de la guerra civil española, a los que, por cierto, nadie puede resucitar, o la talla de estratega del General Franco sin percatarse de que tanto unos como otra tuvieron condicionamientos de comunicación, ve como intrusos a los que levantan acta de esa comunicación. Las empresas (congresos, revistas, seminarios) y trabajos de historia de la traducción que han realizado Santoyo, Lafarga, Pegenaute, Baigorri o el que esto escribe son primeras y angulares piedras sobre las que seguir construyendo la nueva torre de Babel.

En este contexto se inscribe el serio y fundado trabajo de Ingrid Cáceres que, además de ser un aporte importante a la intrahistoria de la disciplina, contribuirá sin duda a dar una visión más precisa de nuestra historia española. El Imperio, las Repúblicas, los monarcas, las chancillerías, el esplendor y la decadencia de España fueron “pasos” que, sostenidos por costaleros ocultos, se pasearon por los vericuetos de una historia a los que esta, por fin, comienza a hacer justicia.

MIGUEL ÁNGEL VEGA CERNUDA

 
 
 
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