Disbabelia (Number 13 – Year 2007)

ISBN: 84-8448-405-9 – Nº 13/2007
EDITA: Secretariado de Publicaciones e Intercambio Editorial

Los adioses de arras – Les Congés d’arras

Prólogo de CARLOS ALVAR
Traducción, introducción y notas de ANTONIA MARTÍNEZ PÉREZ

Los Adioses de Arras son una recopilación de tres poemas, de Jean Bodel, Baude Fastoul y Adam de la Halle, en los que sus autores, ante una partida inminente más o menos dolorosa, se despiden de una serie de amigos y conocidos.

Con una motivación tan simple se inicia en nuestra literatura europea toda una tradición de poesía personal e incluso de la denominada de poetas malditos, coincidiendo con una idea romántica de poesía en pleno siglo XIII, pero ante todo se abre una etapa trascendental en la nueva expresión del lirismo. Un poeta dolorido, que es repudiado por los hombres a causa de la lepra y abandonado por Dios, da rienda suelta a la expresión de su dolor. Los sentimientos más íntimos de dolor físico y espiritual, por un cuerpo putrefacto y la humillación del repudio, son expresados de manera íntima y sincera. Todo ello a través de la Despedida, ese Adiós personalizado, a todos aquellos y cada uno en particular de los amigos, protectores y conciudadanos, que antes y ahora le han ayudado y protegido, y con los que ha compartido momentos de felicidad.

Despedida emotiva y aflictiva que continua su curso, tal vez en el poema del Arrepentimiento que evoca Rutebeuf en este mismo siglo XIII, o en el Testamento para la posteridad que en el siglo XV nos dejara François Billón, o el que en el siglo XX nos transmitiera Jacques Brel con su Adieu Émile en el Moribundo.

 


Antonia Martínez Pérez tiene ya una larga experiencia en la labor de traducir textos medievales. Entre sus trabajos están los Poemas de Rutebeuf, otro de los grandes poetas de ámbito urbano en el siglo XIII, y la versión castellana del teatro francés medieval, que incluye – entre otras – piezas de Adam de la Halle. Es, pues, una gran conocedora del momento en que producen Jean Bodel, Baude Fastoul y Adam; es también, especialista de relieve en la poesía “burguesa” del siglo XIII. Todo ello queda bien de manifiesto en estas “Despedidas” que tenemos entre las manos.



 

 

PRÓLOGO
LAS “DESPEDIDAS DE ARRAS”
 
 
Lepra, dolor, exclusión y muerte. Unas pocas palabras para comprender el sufrimiento moral de unos poetas conscientes del destino que les espera; un destino que conocen a través de la literatura y de la vida real, o de la vida real y de la literatura, porque en este caso se encuentran ambos planos.

La enfermedad de la lepra era sufrimiento físico y alejamiento de los demás, seres queridos, bienes; pero no era eso lo único, ni lo peor, ya que cualquier enfermedad se consideraba el castigo divino por algún pecado o por alguna falta anterior; los padecimientos era sólo un adelanto de la condena eterna, y el peso del pecado caía sobre los enfermos. Alejados de la sociedad, se veían obligados a llevar una vida casi animal y avisar de su proximidad con una esquila o de cualquier otro modo.

La exclusión podía ser el olvido para los que, sanos, continuaban disfrutando de los placeres de la vida; pero para el enfermo el distanciamiento era algo más: significaba la privación de las necesidades más elementales y del afecto, era un repudio lleno de terror

Y por si fuera poco, pronto surgieron dos creencias vinculadas al mundo de los leprosos: una hablaba de la lujuria sin límites de estos enfermos; la otra cifraba la esperanza de la curación en el baño en sangre de inocentes o de doncellas vírgenes. En cierto modo, las dos creencias remitían a un solo aspecto: los leprosos habían contraído la enfermedad por su lujuria y sólo podrían sanar recurriendo a quienes nunca hubieran conocido las tentaciones de la carne.

Son muchos los testimonios que remiten a estas creencias: la reina Iseo, condenada por haber cometido adulterio con Tristán, es condenada a ser entregada a los leprosos para que éstos satisfagan con ella sus apetitos. La hermana de Perceval muere desangrada para curar la lepra a la odiosa señora de un castillo… Los casos de enfermedad se multiplican y apenas hay noticias de curaciones. Sólo Amis y Amiles, conocidos protagonistas de un cantar de gesta de gran popularidad – que luego se transformará en una obra teatral y en la vida de dos santos amigos -, consiguen sanar con la sangre de dos niños que, milagrosamente, salvan la vida. Pero los milagros no abundan.

El hombre medieval vive con el temor a la lepra, sin duda la más cruel de las enfermedades que le acechan, por su duración y por el alejamiento que supone: el leproso es en gran medida, un vivo muerto, condenado a un infierno en la tierra y, posiblemente también, después de morir.

No extraña que en estas circunstancias cualquier enfermo de lepra se sintiera reo de muerte y que, como tal, quisiera despedirse de los suyos antes del momento final. Y es lo que hacen Jean Bodel y Baude Fastoul, ambos ciudadanos de la rica ciudad de Arras, cuyas vidas están separadas por medio siglo.

Contemplan su estado y comprenden el destino que les espera, y entonces recuerdan a un monje cisterciense, Hélinand de Froidmont, que había escrito unos impresionantes Versos de la Muerte a finales del siglo XII, cuando aún vivía Jean Bodel. Era los tiempos en que Lotario di Segni, luego papa Inocencio III, escribía su magnífico De contemptu mundi (h. 1190), que marcaría una forma de religiosidad durante siglos, en el que pone de relieve la miserable condición humana y su desesperanzador destino.

Jean Bodel y Baude Fastoul siguen el ejemplo de Hélinand, conscientes de que su futuro ya ha llegado, y de la peor forma posible. Y se despiden del mundo de los vivos.

Cuando Adam de la Halle retoma el modelo, también para despedirse, parece que su adiós al mundo es hiperbólico, pues no está leproso, sino que marcha a estudiar, y por más que nos esforcemos en comprender lo dura que es la separación, siempre quedan sombras ante la sinceridad de sus sentimientos, quizás movidos por un “exilio interior”, un impulso de desprecio moral hacia Arras, ciudad en la que no puede seguir viviendo.

Los tres poetas manifiestan su dolor de una forma similar y, sobre todo, lo hacen rompiendo con los estereotipos corteses, con la tradición trovadoresca que fijaba rígidamente estructuras y contenidos, de tal modo que resultaba prácticamente imposible la presencia del yo íntimo. Con ellos, la poesía lírica da un paso más hacia el encuentro de la individualidad.

Quizás la gran paradoja de estas “Despedidas” es que en ellas los poetas están más cerca de nosotros que muchos otros escritores que no se vieron obligados a abandonar el mundo con todas sus delicias.

Carlos Alvar

 
 
 
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