Disbabelia (Number 15 – Year 2009)

ISBN: 84-8448-501-8 – Nº 15/2009
EDITA: Secretariado de Publicaciones e Intercambio Editorial

Oswald de Munich

Traducción, introducción y notas de Eva Parra Membrives
y Miguel Ayerbe Linares

El Oswald de Múnich pertenece al grupo de narraciones juglarescas que, nacidas en torno al siglo XII, alcanzaron una enorme popularidad en zona de habla alemana. Como los restantes ejemplos del género en el que se integra, se trata de una narración llena de colorido y aventuras, que sabe combinar de forma muy acertada múltiples elementos sólo en apariencia contradictorios. La glorificación del personaje histórico, un rey inglés cristiano, martirizado varios siglos antes, no está aquí reñida con la comicidad y el divertimento, objetivo igualmente importante para el desconocido autor. El motivo inicial del relato, un cortejo nupcial, es empleado con habilidad para introducirnos en el universo ideológico de la época: el pensamiento cruzado, intervención de Dios en la vida cotidiana del hombre, actuaciones y obligaciones políticas de la nobleza, desigualdades en el trato social, así como imágenes modélicas del comportamiento femenino, y consejos sobre la adecuada vida matrimonial, todo ello sazonado con escenas repletas de imaginación y fantasía en las que intervienen sirenas, cuervos parlantes, ciervos dorados, peregrinos disfrazados y otros seres maravillosos que hacían soñar al público de entonces.



 

 

PRÓLOGO
EL “OSWALD DE MÚNICH”: LITERATURA DE ENTRETENIMIENTO DE CARÁCTER LAICO-RELIGIOSO EN LA ÉPOCA PRECORTESANA
 
 
En relación con el Oswald de Múnich se suele utilizar tradicionalmente la expresión “literatura juglaresca”, aunque, no obstante, esta clasificación, que se aplica asimismo a otras narraciones de configuración similar, ha de considerarse desde hoy un tanto discutible, o, al menos, inexacta. Que los poetas autores de tales textos de la Alta Edad Media temprana no fuesen sino juglares itinerantes parece, desde luego, poco creíble. Aunque no pretendemos negar la existencia de la profesión en sí, los orígenes primeros de este género llegaron probablemente más bien de la mano de poetas muy renombrados, firmemente asentados en alguna corte; poetas que incluso pudieran haber compuesto otra clase de textos, clasificables de modo distinto. Interesante resulta aquí la definición del género realizada por Max Wehrli, que comenta que se trata de: “divertidas […] narraciones al estilo juglaresco, no dedicadas a temas heroicos o histórico-políticos, una combinación atrevida de temas legendarios y de historias fantástico-juglarescas acerca de cortejos nupciales[…]; ambos temas parecen haberse influido mutuamente y no estar simplemente emparentados a través del género”.

El Oswald de Múnich, narración en verso de 3564 versos, es una leyenda de carácter anónimo surgida en la segunda mitad del siglo XII. Posee una clara fundamentación religiosa, pero sabe combinar su temática heroico-religiosa con un tono altamente divertido. En su mayor parte, este tipo de narraciones y también otras de similar configuración (a excepción de El duque Ernesto) se deciden por emplear un cortejo nupcial como motivo central de su relato, lo cual permitirá la construcción de numerosas escenas turbulentas, plagadas de violencia bélica. No es una excepción aquí el Oswald de Múnich, narración en la cual el pretendiente cristiano que da nombre al relato y su extremadamente hostil suegro pagano Aron se enzarzan en una cruenta lucha por la posesión de la hija del último. Ésta, por su parte, interviene en la historia haciendo todo lo posible por poder contraer matrimonio con el cristiano.

También el viaje a tierras orientales (y aquí destaca en especial El duque Ernesto) ocupa un papel central en la épica juglaresca. El héroe europeo logra demostrar su valor sumergiéndose en múltiples aventuras, que en parte vive y busca como una especie de viaje de reconocimiento, impelido por la curiosidad, en parte le sirven para conseguir una esposa adecuada. A este grupo de textos llamados juglarescos pertenecen las narraciones El rey Rother, El duque Ernesto, Oswald, Orendel y Salman y Morolf. Comparten todas ellas ciertos aspectos temáticos con la épica heroica, sobre todo, con obras como El Cantar de los Nibelungos o Kudrun. Habrán que indicar en este punto también que tanto El duque Ernesto como Salman y Morolf se apartan parcialmente en sus contenidos de lo previsto por el género, pero en muchos de los motivos empleados, y, desde luego, en cuanto a la forma presentada, cuentan con características semejantes en suficiencia como para poder ser incluidos con los restantes textos en un mismo grupo.

Los cinco textos divergen sobre todo en la construcción interna y en el tipo de aventuras que ha de superar el protagonista. Hay que añadir a esto además una transmisión considerablemente diferenciada. El duque Ernesto, por ejemplo, se conoce a través de diferentes manuscritos del siglo XII (que se encuentran, al menos indirectamente, documentados a través de copias del siglo XV) y XIII, mientras que el texto de Oswald aparece únicamente en manuscritos del siglo XV. Orendel se había conservado inicialmente en un manuscrito del siglo XV y en dos ediciones del año 1512, pero el manuscrito se incendió en el año 1870, cuando la biblioteca de Estrasburgo cayó víctima de la guerra franco-prusiana, quedando hoy día sólo las dos ediciones como muestra del texto. Por último, de Salman und Morolf se han conservado cuatro manuscritos completos del siglo XV.

Oswald nos ha sido transmitido en cinco manuscritos muy tardíos: 1. Innsbruck, Biblioteca universitaria y estatal de Tirol, Ms. 1114, Tirol, alrededor de 1435; 2. Múnich, cgm. 719, alrededor de. 1444; 3. Múnich, cgm. 5377, alrededor de 1477; 4. Schaffhausen, Biblioteca municipal, Codex Gen. 10, 1472; 5. Viena, cod. 12540, anterior a 1450. Hay que añadir cuatro prosificaciones, que, en algunos casos, mutilan seriamente el texto: 1. Stuttgart, Biblioteca estatal de Wurttemberb, cod. theol. et phil. 4º 81, alrededor de 1479-1481; 2. Berlín, Biblioteca nacional de la fundación para el patrimonio cultural prusiano, Ms. germ. 8º 288, segunda mitad del siglo XV; 3. Budapest, Biblioteca nacional de Széchényi, cod. germ. 31, 1471; Berlín, biblioteca estatal de la fundación para el patrimonio estatal prusiano, 4º 478, tercer cuarto del siglo XV.

Parece poder deducirse que la épica juglaresca debió gozar de un éxito considerablemente entre un público que es interpelado una y otra vez en forma directa en los textos, aunque el poeta contaba con una fuente escrita, en la que se apoya regularmente, ya que en Oswald, por ejemplo, se indica con frecuencia que “de este modo nos lo hace saber el libro” (6). Así, aunque por una parte parece haber existido una continuada tradición oral, por otra hay que dar también por seguro la existencia de más manuscritos, muchos de los cuales se han debido de perder con el paso del tiempo, circunstancia es bastante habitual en obras populares de tiempos pasados.

Nuestra obra juglaresca actual se basa en la leyenda del santo Osvaldo, procedente de Umbría del Norte, y caído en el año 643 como mártir en la batalla contra su enemigo pagano Penda de Mercia. Muy detenidamente habla de él el historiador eclesiástico anglosajón Beda (672-735) en su afamada Historia ecclesiastica gentis Anglorum (II, 20; III, 1; 3; 9 – 13). Oswald pudo reinar sobre Umbría del Norte entre los años 635 y 642. Tras haber sido desterrado a Irlanda por su padre Ethelfred, a la muerte del sucesor de éste, su hermano Edwin, Oswald lograría retornar a la patria y subir al trono. Era conocida su profunda religiosidad: difundió el cristianismo de forma sistemática por todo el país, valiéndose para ello de la ayuda de misioneros irlandeses, y llegó a fundar numerosos obispados y escuelas. De su esposa Cyneburg, hija del rey converso Cynegilsus, le nació un hijo, llamado Odilwald. En el lugar en el que encontró la muerte se sucedieron los milagros, por todo lo cual el monje inglés Reginaldo decidió en el año 1165 elaborar su Vita S. Oswaldi regis et martyris, basándose para su historia tanto en Beda como en la tradición oral.

Beda cuenta (III, 3) que la leyenda de San Oswaldo era bien conocida tanto en Irlanda como en el continente. Los huesos del rey de Umbría del Norte llegaron a Flandes en el año 1038, y desde el 1138 se comenzó a venerar su cabeza en Echternach, tras lo cual el culto al santo se extendió cada vez más, sobre todo por el sur de Alemania y la zona de los Alpes. Todo esto explica que en el siglo XV siga habiendo una recepción muy viva de un texto compuesto en alto alemán medio. Se invoca a este santo como auxilio en la necesidad, y también es patrón del tiempo atmosférico y creador de fuentes curativas.

El texto en alto alemán medio nace en la zona de Ratisbona en la segunda mitad del siglo XII, sin que podamos explicar exactamente cómo llegó la leyenda del santo de Umbría del Norte a tierras alemanas en primer lugar. La transmisión, en su forma oral, del texto se produjo probablemente con ayuda de la casa real de Enrique de Brunswick y su esposa Matilda, hija del rey inglés Enrique II, en torno a 1070. Oswald ya era venerado en el continente como santo desde el tardío siglo XII, pero a través de este matrimonio su culto ganó en impulso y alcanzó pronto un estatus literario. Hay que recordar, no obstante, que todas las pruebas documentales que conocemos hoy en día no comienzan a aparecer hasta la Edad Media tardía, aunque la lengua, la métrica y los elementos retóricos y tópicos del texto, entre otros rasgos, permiten una datación bastante exacta en el tardío siglo XII. Aspectos didáctico-religiosos se mezclan aquí con el divertimento sin entrar en conflicto, y, a pesar de la idealización del protagonista, puede decirse que domina más lo burlesco que lo heroico-religioso. Si el poeta anónimo deseaba, con ello, dirigirse a un público más amplio o si, al igual que el poeta de El duque Ernesto o de El rey Rother simplemente su intención era la de entretener a oyentes de la nobleza, no es fácil de desentrañar. Probablemente una decisión tal resultaría, además, desde hoy artificial y poco práctica, ya que apenas puede evaluarse si realmente existía algo así como grupos receptores socialmente diferenciados para la narrativa en verso en alto alemán medio de los siglos XII y XIII.

Quizá como aportación más significativa del Oswald de Múnich debe mencionarse su capacidad para combinar imágenes milagrosas, profundamente religiosas, con el popular motivo del cortejo nupcial y también el pensamiento cruzado, y su habilidad para hacerle llegar esta construcción dispar al público a través de una presentación parcialmente humorística.

El cuervo, al que Dios le ha proporcionado la facultad de hablar, comienza por exigir allá donde va deliciosos alimentos antes de comenzar a cumplir sus encargos y transmitir los mensajes recibidos. Dios, por su parte, ha de intervenir de forma repetida y además muy concreta en las vidas de los personajes, para así convencer a los escépticos de su poder. Lleva a cabo estas muestras de fuerza de forma tan drástica y directa, que con toda seguridad, arrancaría con ello en su momento una sonrisa al instruido eclesiástico, aunque también al público inculto le podía satisfacer un texto en el que el poder de Dios quedara tan patente. Los milagros ocupan en todo momento un papel transcendental, pero, cerca del final de la historia, en el momento del enfrentamiento directo de Oswald con su futuro suegro, llegan a intensificarse hasta el punto de convertirse en un verdadero espectáculo de la intervención divina en la vida humana: El ejército cristiano es capaz de aniquilar por completo al del enemigo, algo más de 30 mil hombres, sin sufrir apenas pérdidas propias. Cuando el rey Aron, el único superviviente, exige una prueba de la existencia de Dios para someterse al bautismo, Oswald lanza una plegaria y consigue volver repentinamente a la vida a todos los muertos. Éstos ya no están dispuestos a enfrentarse a él, pues han vivido en el infierno terribles tormentos, y debido a ello, experimentado la verdad de la doctrina cristiana. Oswald ha de bautizarlos a todos, lo cual le llevará tres días completos, y aún así no logrará terminar su tarea. Setenta y dos de los paganos, temerosos de no recibir a tiempo el bautismo, saltan por ello rápidamente a la pila bautismal y se vierten por tres veces agua en la boca, logrando con ello obtener un alma pura. El numeroso grupo queda aterrorizado cuando Oswald les anuncia que antes de un año morirán de nuevo, lo cual supondría para ellos un retorno seguro al infierno. Debido a sus súplicas Oswald vuelve a implorar a Dios, que se declara dispuesta a hacerles morir de inmediato tal como desean, para así garantizar la salvación de sus almas.

Es evidente que el narrador no pensaba en ningún momento burlarse del culto al santo, sin embargo, el desarrollo narrativo muestra, intencionadamente o no, frecuentes rasgos cómicos, que probablemente también fueron advertidos por el público de la época. El cuervo bocazas, de envidiable autoestima, que exige siempre por adelantado su pago en forma de bebida y comida antes de ponerse en camino y transmitir su mensaje en nombre del rey no es el único elemento narrativo cómico. Habría que añadir también la descripción del casto matrimonio de Oswald y su esposa Pamige, que, aunque se corresponde con el ideal cristiano, tras los años de esfuerzo del joven rey para conseguir una esposa, y, con ello, un sucesor al trono, se antoja un tanto absurdo.

Una vez completados los triunfos militares de Oswald llega a aparecer incluso Cristo en persona en su corte. Disfrazado de peregrino y con intención de someter a Oswald a una última prueba, exige de él sus posesiones al completo, incluyéndose aquí su esposa. El rey, para quien lo primero es la obediencia a Dios, lo abandona todo de forma voluntaria. Se dispone ya tristemente a alejarse de su corte con el ropaje de peregrino de quien ahora se ha convertido en regente todopoderoso, cuando el último lo hace llamar y le revela por fin su verdadera identidad. Se logra con ello la tranquilidad general, pero con toda seguridad también estuvo garantizada la diversión durante la exposición del juglar.

La castidad en el matrimonio de Oswald sólo llega a alcanzarse porque los cónyuges se sumergen en agua fría por turnos en cuanto les ataca la lujuria. El narrador menciona explícitamente el problema: “welt freud” (3533), contando seguramente con la comprensión general, ya que tanto los libros penitenciales de la época y también otros muchos documentos confirman el profundo conocimiento y la gran importancia de la sexualidad humana en la vida cotidiana, contemplada tanto de forma negativa como positiva. El Oswald de Múnich insiste claramente en que incluso una sexualidad matrimonial es indeseada por Dios, aunque concede de forma indirecta lo difícil que le ha de resultar sobre todo a los recién casados renunciar a lo carnal. Oswald y su mujer no son más que un ejemplo modélico de la renuncia, y para lograrla deben controlarse al máximo.

Hay que indicar también que la comicidad ocasionalmente insertada en el texto no llega en ningún momento a minar el tono serio y religioso del texto, como ya demuestra el desenlace, donde Oswald es alabado como un nuevo santo que puede servir de auxilio en todo tipo de situaciones de peligro. Aquí coinciden plenamente el texto en alto alemán medio y la hagiografía latina de Beda el Venerable, aunque en otros puntos existan importantes diferencias de contenido, ya que el poeta medieval solo seleccionó algunos elementos aislados de la crónica hagiográfica para su creación.

El Oswald de Múnich ha de incluirse sin duda alguna en la época precortesana, ya que pertenece a un mundo en el que aún no se ha oído hablar ni del rey Arturo ni del Santo Grial, por no hablar del amor cortés en la tradición de Tristán e Isolda. De forma un tanto tosca se habla y posteriormente organizan públicamente los anhelos del rey por conseguir una esposa. De amor u otras emociones no se habla en ningún momento, y son los esfuerzos del protagonista por someterse en todo a la voluntad de Dios los que determinan la acción en la segunda parte de la historia. Oswald, al igual que los restantes textos juglarescos, en realidad no hace más que reflejar la práctica matrimonial habitual de la épica heroica: se disponen y negocian los enlacen según convenio público.

Pero incluso la aparición del Cristo peregrino se acompaña de elementos cómicos, evidentes desde el momento en el que éste realiza una exigencia tan exagerada a Oswald que los cortesanas intentan oponerse, coléricos y enfadados. El rey advierte a tiempo la hostilidad de sus súbditos y se lanza sobre ellos, incluso matando a uno de los criados sinp pensar mucho en ello, y continua empeñado en cumplir el ruego de su huésped: “waz welt ir, umb weu er mir pitt? / un get ez doch aus eurem kasten nit” (3439-40). El origen de este interés se encuentra más atrás, durante la travesía marítima Oswald, cuando el héroe, temiendo un naufragio y con ello la muerte, se comprometió ante Dios a conceder todas las peticiones que se le reclamaran, siempre que se hicieran en nombre de Dios.

La prueba del futuro santo parece sobrepasar los límites humanos, pero a pesar de ello, es capaz de superarla de forma brillante, al igual que también su esposa, que en la última escena se somete sin resistencia a ser entregada como esposa al desconocido. Posteriormente, no obstante, todo vuelve a su lugar: Cristo no necesita bienes materiales y ya reina sobre el universo. Su perfil amistoso-personal recuerda la literatura legendaria de siglos posteriores (como, por ejemplo, la Legenda Aurea de Jacobus de Voragine). La sencillez de la organización narrativa, en cambio, al igual que el esquema de cortejo nupcial obliga sin embargo a situar el Oswald en la época precortesana, esto es, en una cultura al margen de los ideales cortesanos.

Lo mundano y lo religioso se entrelazan muy estrechamente. Oswald es inducido por un ángel a buscar esposa en tierras paganas, por esto deseo de Dios y de la Virgen María (70). Las deliberaciones en la corte que se llevan a cabo a continuación y, junto a ellas, las acciones que se suceden para poner en práctica este plan conducen al mundo de las cruzadas, las conquistas bélicas, la brutalidad guerrera y la mutua superación a través de tácticas estratégicas.

Una y otra vez aparecen seres mágicos y misteriosos, los cuales, junto al cuervo parlante, subrayarán de modo extraordinario el aspecto fantástico y maravilloso de este relato. Por ejemplo, en un momento de la narración, el cuervo es secuestrado por una sirena. Consigue liberarse empleando su capacidad lingüística (650-770), asustándolas o, mejor dicho, distrayéndolas, con una observación, y después huya a toda velocidad, no sin burlarse de ellas y hacerles ver que nunca más será atrapado y conseguirá su objetivo de llegar a la corte del rey Aron, donde iniciará su cortejo. Puede advertirse aquí el interés de narrador por incluir intermedios divertidos en su texto, y agilizar con ella la acción.

Este divertimento está presente incluso en alguna de las situaciones más críticas vividas con el rey Aron. Cuando éste ha hecho capturar al cuervo para colgarlo al día siguiente, tiene lugar una tensa conversación entra padre e hija, donde ésta amenaza al primero con abandonar la casa paterna y unirse a un juglar – lo cual serviría de vergüenza al rey. El padre intenta disuadirla argumentando que nunca ha mostrado capacidades juglarescas (1055), aunque en cuanto advierte la firme disposición de su hija a cumplir su amenaza cede finalmente, y le permite liberar al cuervo y quedarse con él. La princesa, antes de recibir, por fin, la carta de Oswald, le da de comer al cuervo hasta que queda satisfecho, ya que comprende perfectamente qué es lo que más desea éste, y es consciente de cómo hay que tratar a un emisario para ponerlo en su favor.

Lo maravilloso con connotaciones religiosas aparece también en el viaje de retorno del cuervo, cuando éste ha de hacer una pausa debido a una tormenta, y pierde en ese momento el anillo de oro identificativos que la princesa le había dado para Oswald. Un ermitaño le ayuda a salir del apuro tirándose al suelo y rogándole a Dios que apoye al cuervo en su tragedia. Siguiendo la inocente fe que guía todo el texto, Dios interviene de inmediato y hace que un pez lleve de nuevo el anillo a tierra, con lo cual el cuervo puede completar su empresa. El animal, una vez en Inglaterra, le subraya a Oswald que fracasaría por completo en su cortejo si él mismo, el cuervo, no le acompaña en su viaje a tierras del rey Aron (1410). Esto, posee cierta lógica si se tiene en cuenta que la intervención divina se ha producido a través del cuervo, a su vez resulta cómico, ya que éste muestra un orgullo desmesurado y se sitúa constantemente en el centro de la acción.

Sorprendentemente a pesar de todo se olvida al cuervo en la expedición. Esto parece invalidar el plan divino, ya que Oswald necesita al cuervo como mensajero para la princesa pagana, pero dispuesta a convertirse al cristianismo. De nuevo ha de intervenir Dios de forma directa, ya que, por indicación del rey, el ejército al completo le suplica la presencia del cuervo. Este último, sin embargo, aún en Inglaterra, rechaza en principio el llamamiento del ángel enviado, pues se siente seriamente marginado por el rey, que ha preferido llevar unos ciervos dorados en el viaje.

Al margen de sus celos, el enfado del cuervo también viene determinado por el hecho de que no ha sido alimentado correctamente en ausencia de Oswald: “si gaben mir weder ze trinken noch ze essen” (1851). Aún así consigue el ángel enviar al cuervo hacia donde se encuentra el rey, con lo cual al fin puede continuar la acción. Este intermedio divertido no cambia en nada el fin religioso de la historia, pero subraya la intención dominante del poeta de entretener a su público, para lo cual este cuervo reacio y arrogante, típico representante del arribista cortesano, le resulta extremadamente útil.

Humorísticamente parece también la aparición de unos orfebres en el ejército de Oswald, que le proporcionan al rey la excusa perfecta de por qué ha llegado a la tierra de Aron. En un principio no parece que puedan encontrarse artesanos tales entre sus caballeros, aunque el cuervo le había comunicado inmediatamente tras su llegada, antes de iniciarse la travesía, que se necesitaban éstos (2097-2098), si querían alcanzar la meta con honor. Pero, tal como prevé el destino, exactamente doce orfebres, la cantidad necesitada, se hallan casualmente presentes, hombres que habían participado en el viaje. Comienzan éstos de inmediato con su trabajo y despiertan con su martilleo toda la ciudad. El rey Aron sospecha, con razón, que se trata de un truco de un posible pretendiente cristiano, que ha enviado mensajeros bajo el disfraz de orfebres (2165-2166), y piensa en atacarlos inmediatamente. Pero su hija consigue engañarlo a tiempo y convencerlo de lo importantes que son estos orfebres, ya que las mujeres necesitan anillos nuevos (2215), mientras que al padre le vendría bien una nueva corona (2218).

Si se contempla con mayor atención la relación entre la princesa y su padre se descubre rápidamente con cuánta astucia e inteligencia convence ésta a su padre y cuán activamente es capaz de decidir sobre su futuro en contra de las disposiciones del tirano Aron: más adelante, cuando ella y su madre contemplen la cacería del ciervo dorado desde una almena, la princesa se quita en secreto su abrigo y su corona, indica a una doncella que ocupe su lugar momentáneamente y desaparece sin ser advertida. En unión con cuatro doncellas logra vestirse con ropas y armaduras masculinas y huir de la ciudad, no sin que antes todas ellas hayan rogado a Dios que las ayude a abrir la puerta firmemente cerrada. Sobre esta acción habitualmente problemática, por lo pecaminoso, de cuando las mujeres se visten de hombres, (cross-dressing), y muy comentada en la literatura medieval, no se incide especialmente. Se trata solo de un disfraz, una solución de emergencia que Dios mismo ha aprobado.

Sorprende también la actitud de la vieja reina a: tras la infructuosa partida de caza en persecución del ciervo, le pregunta de forma algo burlona a su marido por el desenlace y ríe, llena de desprecio, por su respuesta (2680), cuando éste le indica que tiene suficientes orfebres como para fabricarse un ciervo tal él mismo (2677-2678). Ha de indicarle que todo no ha sido más que una estratagema, y que su hija ha huido en el intervalo conseguido para casarse con su héroe. El desenlace de Oswald confirma que el rey ha de ser tenido por un estúpido ciego, mientras que las mujeres de su corte saben ser previsoras y actuar con inteligencia, esto es, saben evaluar de forma realista la situación. Aunque la madre no está demasiado bien perfilada, la hija sí que aparece como persona enérgica, segura de sí misma y voluntariosa, sabiendo disponer de su propia vida.

Naturalmente, será es Oswald el personaje que domine en toda la historia, no obstante, de continuo dependa de la ayuda divina, mientras que la princesa es capaz de iniciar de forma independiente los pasos necesarios para hacer que el cortejo de Oswald sea exitoso. Así, por ejemplo, salva al cuervo del ajusticiamiento por su padre, convence a Aron para que deje en paz a los orfebres, y aprovecha la situación oportuna, cuando su padre persigue a los ciervos dorados, para disfrazarse e huir. Eso sí, acepta al final de forma humilde y entregada la decisión de Oswald de aceptar la exigencia del peregrino desconocido y cederle su esposa, porque lo ve como voluntad de Dios (3545). Justamente por esta causa se incrementa el prestigio de la princesa que llega a alcanzar la misma dignidad que el santo Oswald, aunque solo desempeña un papel subordinado en la historia su conjunto.

Los regentes paganos, o también los maridos, suelen ser extremadamente brutales en la literatura medieval, bocazas irreflexivos, violentos e incapaces de controlarse. Como salida de situaciones complejas siempre escogen el ataque militar, tanto aquí en Oswald como en el Willehalm de Wolfram de Eschenbach o en el cuento Die Heidin. Pero los protagonistas cristianos, al menos en la épica juglaresca, siempre necesitan de ayuda ajena y suplican regularmente el apoyo o la salvación divina en su desgracia.

Oswald finaliza con una breve mención a la felicidad matrimonial de Oswald y Pamige, que, tras muchos años de esfuerzos compartidos, se han encontrado el uno al otro y luego alcanzan una muerte dichosa a través de esa castidad deseada por Dios. El poeta glorifica al matrimonio ideal cristiano, aunque no rehúye el incluir a cada ocasión elementos divertidos que facilitan la transmisión de los valores religiosos.

La importancia de este texto es patente, aunque no sepamos nada de la difusión de los manuscritos más antiguos, pues, con anterioridad al siglo XV, nos son desconocidos. El poeta logra construir un relato de acción viva y compleja, donde se incluyen numerosos acontecimientos bélicos y políticos muy dramáticamente narrados. El protagonista no es en absoluto ideal, aunque nos salga al encuentro como un rey valiente y temeroso de Dios, ya que necesita de continuo la ayuda de sus consejeros, criados, y, sobre todo, de Dios. El cuervo enviado por Dios cumple un papel central, pero, debido a su arrogancia, intrepidez y astucia siempre proporciona ocasión para la risa. Además, muchas escenas diferentes en escenarios cambiantes, como los viajes del cuervo y luego también el cortejo de Oswald, hacen que haya mucho movimiento en el texto.

El Oswald de Múnich destaca por su fascinante combinación de elementos mundanos y religiosos, aunque finalmente sea la glorificación de Dios a través de San Oswaldo y su esposa lo más determinantes. Tanto el con frecuencia bastante estúpido cuervo como el también parcialmente ridículo rey Aron se revelan como oponentes muy efectivos para los dos protagonistas, el rey Oswald, y su futura esposa Pamige. Al poeta no le interesa tanto un desarrollo racional y lógico de la acción, sino la representación de unos sucesos influidos por lo divino vividos por este rey inglés conocido a través de la leyenda. Este texto juglaresco alto alemán medio confirma en cualquier caso que en el tardío siglo XII persistía, por una parte, el elevado interés por los temas religiosos, pero que, por otra, no se era reacio en absoluto a que éstos fueran transmitidos a través de una representación cómica. Milagros religiosos, seres mágicos, acontecimientos bélicos, engaño, falsedades, pensamiento profundamente piadoso y valor en la batalla todo ello ocupa a la vez un papel importante en este texto sincrético que es evidente que, si se considera la recepción hasta el tardío siglo XV, obtuvo, especialmente debido a ello, un éxito histórico-literario considerable.

Albrecht Classen

 
 
 
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